Cumplimiento CNBV: por diseño, no como parche
El cumplimiento que se añade al final de un proceso digital llega tarde y cuesta más. Qué cambia cuando se diseña desde el primer paso.
Carlos Galant
Casi todos los proyectos de originación digital nacen con la misma secuencia: primero se construye el flujo, después se enseña a cumplimiento, y al final se añade lo que falta. Es la forma más cara de llegar al mismo sitio.
¿Por qué el cumplimiento añadido al final sale más caro?
Un proceso que ya funciona y al que hay que meterle evidencia tiene un problema de origen: la evidencia no se puede reconstruir. Si en el momento de verificar una identidad no se guardó qué se consultó, contra qué lista, a qué hora y desde qué dispositivo, ese dato no existe. Se puede volver a pedir, pero ya no es el de aquel día.
La pregunta que hay que poder responder en una revisión no es «¿verificaron a este cliente?», sino «¿pueden demostrar qué verificaron, cuándo y con qué resultado?». Son preguntas muy distintas y sólo la segunda se contesta con un registro.
¿Qué significa que el cumplimiento sea nativo del flujo?
Significa que cada verificación, cada decisión y cada firma generan su propio rastro en el momento en que ocurren, sin que nadie tenga que acordarse de guardarlo. Hora, geolocalización, dispositivo y resultado quedan atados a la operación, no a un reporte que alguien arma después.
En ART ese rastro es parte del proceso y no un módulo aparte: el mismo flujo que verifica la identidad, evalúa al solicitante y formaliza con firma electrónica es el que deja la evidencia. Los marcos que aplican al sector financiero mexicano —CNBV, UIF y NOM 151— se cubren donde ocurre la operación.
¿Cómo se nota la diferencia en el día a día?
Se nota en el tiempo que cuesta contestar. Un área de cumplimiento que tiene que pedir capturas de pantalla a tres equipos distintos para armar un expediente tarda semanas; una que consulta el registro de la operación tarda minutos. Es la misma información y el mismo hallazgo: lo que cambia es quién la tenía guardada y en qué forma.
Y se nota en lo que se puede automatizar. Un proceso con evidencia estructurada se audita solo: se puede muestrear, se puede alertar y se puede reportar. Uno con evidencia dispersa depende siempre de alguien que la busque, y ese alguien es el cuello de botella el día que llega una revisión.
¿Por dónde empezar si el proceso ya está en marcha?
Por el inventario, no por la tecnología. Antes de cambiar nada conviene listar qué decisiones toma hoy el proceso, qué evidencia deja cada una y cuál de esas evidencias se podría presentar mañana sin trabajo manual. La lista suele ser más corta de lo que se espera, y eso es exactamente el diagnóstico.
A partir de ahí, el orden natural es cerrar primero los puntos donde se toma una decisión que afecta al cliente —aprobar, rechazar, pedir más documentos— porque son los que una revisión mira primero. La gestión documental del expediente y la gestión de contracargos vienen después, y se apoyan en lo mismo.